
Lembranza do Doutor Moreira Casal
Serxio González Souto
SERXIO GONZÁLEZ
VILAGARCÍA/LA VOZ.
AROUSA
A súa imaxe dacabalo de «Lucero», percorrendo as aldeas, forma parte da memoria colectiva dos vilagarciáns. Chamábanlle o médico dos pobres. Era iso e moito máis
19 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.
Nestes tempos nos que o exercicio da medicina solidaria procúrase en afastadas latitudes, normalmente a través de ONG, costa pensar que hai apenas unhas décadas o Terceiro Mundo estaba ao cabo da rúa, á volta da esquina, que o Terceiro Mundo eramos nós. Sen máis servizos sociais públicos que a beneficencia que se facía cargo dunha lista oficial de pobres, actualizada de cando en vez polo Concello, houbo homes que fixeron da súa profesión unha especie de sacerdocio, no mellor senso do termo. Xosé Antonio Moreira Casal foi un deles. Montado en Lucero , o seu cabalo, percorría as aldeas de Vilagarcía atendendo os veciños. Cando o que vía era pura miseria, non era estraño que deixase escorregar unha peseta de prata por baixo da almofada do doente. Dende a corporación municipal, da que formou parte como concelleiro do Partido Galeguista, loitou sempre polo recoñecemento dos que menos tiñan, renunciando mesmo a cobrar os cartos que por dereito lle correspondían en troques de que lle permitisen expender receitas a quen non podía pagalas. Era o médico dos pobres, pero tamén moito máis.
Moreira Casal naceu o 10 de decembro de 1899 na casa dos seus pais, Manuel Moreira Escariz, perito agrícola e administrador do pazo da Golpilleira, e Ignacia Casal Soto, que aínda sendo oriúndos de Moraña, habitaban unha vivenda na Torre. Estudou Medicina en Santiago e Sevilla, obtendo a licenciatura en Medicina e Cirurxía en xuño de 1923 para, de contado, especializarse en Obstetricia na Universidade de Madrid, na que fixo o doutoramento. Un ano despois, exercía xa como médico libre en Vilagarcía.
Xentes que aínda viven poden dar fe do seu xeito de profesar a medicina, acudindo á hora que fose a calquera aviso, día ou noite, sen importar que quen chamaba por el puidese ou non pagar polos seus servizos. Esta preocupación constante estendeuna ao seu labor político. Membro da comisión xestora municipal logo da proclamación da Segunda República, foi concelleiro polo PG ata agosto de 1934. As actas das sesións daquel tempo falan por si mesmas. En xuño de 1931 advirte de que o listado oficial de pobres, imprescindible para recibir asistencia médica e farmacéutica gratuíta, debe ser ampliado. En maio de 1932 consigue aprobar unha moción para crear unha segunda praza de practicante en Vilagarcía, a fin de completar a deficiente cobertura sanitaria. En decembro do mesmo ano logra que o Concello lle faculte para estender receitas mesmo naqueles casos nos que os enfermos non figuren na Beneficencia municipal. Para facelo posible, renuncia a percibir indemnización ou cantidade económica de ningunha clase. A corporación recoñece o seu altruísmo.
Contratado polo Concello como médico tocólogo en agosto de 1934, foi obxecto dunha multitudinaria homenaxe en 1935. El Pueblo Gallego do 23 de decembro fala de que «millares de pesonas invadían las inmediaciones del Salón Royalty, donde iba a celebrarse esta prueba de admiración, y al darse cuenta de la presencia del médico comenzaron a vitorearlo». Castelao, que participou no acto, ben puido mudar aquela súa confesión, chea de ácida retranca, de que non exercía a medicina por amor á humanidade. Había quen si dignificaba a profesión.
Entón estoupou a peste da Guerra Civil. Moreira tivo que se trasladar a Teruel e traballar na clínica dun seu irmán. Aos poucos déronlle praza en Perales, Peralejos e Alfambre para, ao cabo, ser militarizado e atender, entre outros, os feridos da batalla do Ebro. En 1942 retornou a Vilagarcía, enfermo, e instalouse nunha casa na avenida Rosalía de Castro, onde seguiu traballando ata a súa morte, o 14 de marzo de 1944. Moi mal visto pola Ditadura fascista, non puido haber mellor mostra de dor e agarimo que o multitudinario acompañamento do seu cadaleito, levado a ombros dende a súa vivenda ata o cemiterio municipal de Rubiáns. En 1978 unha subscrición popular sufragou o busto que, restaurado no 2006, pode verse hoxe ao comezo da rúa na que viviu e á que dá nome. Aló está aínda, labrada a súa imaxe nunha placa, dacabalo para sempre de Lucero .
OLALLA BOUZA DIARIO DE AROUSA 24 DE FEBRERO DE 2023, 07:20
El Concello colocó una placa en la Avenida José Moreira Casal en honor al hombre que le da nombre: Médico, concejal galleguista, solidario y represaliado. Vivió a escasos metros de donde luce ahora el cartel con su nombre, en un chalet que todavía hoy se conoce como el de “Moreira”.
Fueron los propios vecinos de la calle los que pidieron al Concello este reconocimiento, ya que se trata de una figura muy querida en la localidad.
Tanto que, casi ochenta años después de su muerte, el relato de sus gestos se ha ido transmitiendo de generación en generación. José Moreira Casal era conocido como el “médico dos pobres” porque siempre trataba de ayudar a los pacientes con una situación más desesperada, incluso dejándoles dinero bajo la almohada.
Su pasión por la medicina y por ayudar a los demás la llevó hasta el último de su vida, cuando le llevaron a su lecho a un niño enfermo y enseñó a sus padres cómo deberían tratarlo.
Además, Moreira Casal fue concejal por el Partido Galeguista en Vilagarcía, recordado por su enérgica defensa de sus ideales. Fue ese el motivo de que, cuando estalló el alzamiento contra la República, en julio de 1936, fuese buscado y encarcelado.
Hijo predilecto en 2010
En una prisión de Teruel, José Moreira Casal enfermó y lo enviaron para casa, ya con pocas esperanzas. Durante su entierro, uno de los más multitudinarios que se recuerdan, varias personas fueron detenidas por querer llevar el féretro a hombros.
La trascendencia de su figura le llevó a ser nombrado hijo predilecto en 2010. Ahora, una placa recuerda para siempre a José Moreira Casal en la calle donde vivió con su mujer y sus hijos. Un gesto que los vecinos ven con muy buenos ojos, tras haberlo solicitado, pero que esperan que se complete pronto con la limpieza de la placa que acompaña al busto que retrata al “médico dos pobres” como se le recuerda: Montado a caballo.
El médico de los pobres
Montse Fajardo / en faro de vigo.
INFORMACION DE MARGARITA TEIJEIRO
28 ABR 2008 11:16
El álbum familiar de José Moreira Casal está ya en “O Faiado da Memoria”, el proyecto puesto en marcha por Antonio Caeiro para bucear en la memoria vilagarciana. Al hilo de las instantáneas, su hija, Maruxa Moreira Manciñeira, compone la historia de quien fue concejal del Partido Galeguista durante la II República y que siempre será recordado como “el médico de los pobres”.
“Él sólo le cobraba a los que tenían dinero y después se lo daba al resto. Había ocasiones en que una familia no se podía permitir un tratamiento y no sólo no le cobraba sino que después le dejaba una moneda de plata debajo de la almohada para que se pudieran comprar las medicinas”, relata su hija, de 83 años.
Su amor por la medicina le acompañó hasta el final. Maruxa recuerda que estando su padre muy enfermo, le llevaron a casa a un niño que sufría ataques para que lo curase. El se inclinó en la cama, pidió dos palanganas y metió al niño primero en la de agua fría y después en la de caliente para explicarle a sus padres como debían tratarle. Ese mismo día Moreira fallecía.
Su hija discrepa de un sacerdote que un día le dijo que su padre era un santo: “Supongo que como todo el mundo tendría sus defectos, por ejemplo, mucho genio”, pero sí tiene claro que era, por encima de todo, una persona caritativa: “Todo el mundo recuerda aquel día en que yendo a caballo, mi padre se encontró con un hombre que iba descalzo. Así que se bajó, le dio sus zapatos y volvió a casa en calcetines”. El caballo era su medio de transporte para trasladarse a las casas de sus pacientes, y muchas veces no regresaba en toda la noche: “Se quedaba con ellos si estaban graves o si tenían miedo a morir, para intentar tranquilizarles”.
Caridad
Eso sí, su caridad no tenía nada de “cristiana”. Su hija recuerda que jamás las acompañaba a los oficios religiosos pero tampoco ponía reparo alguno en que su familia rezase cada día el rosario o acudiese a la capilla de San José donde su esposa, Segunda Manciñeira, solía tocar el órgano. Ese contraste entre la religiosidad de su madre y la falta de fe de su padre, puso a Maruxa en un aprieto siendo niña: “Antes de irnos a la capilla, le pedí a mi padre que me diera un patacón para el cepillo. Y él me contestó que si San José quería dinero fuese a ganarlo. Cuando llegó el momento de pasar el cepillo, mi madre me dio una moneda para echarla y yo, en medio de la iglesia, le dije que de eso nada, que decía papá que el santo debía ir a trabajar para ganarse el dinero”.
Cárcel y exilio
Tras el alzamiento, su padre fue perseguido y llegó a estar encarcelado en Ourense. Su mujer y sus cuatro hijos se vieron obligados a dejar el chalé familiar, ubicado en la calle que hoy lleva su nombre: “La alquilaron dos médicos, Fondo y Reigada pero cuando se les hundió el negocio, se montó allí un colegio”, recuerda Maruxa. Tras compartir celda con presos comunes en la cárcel de Ourense, Moreira fue trasladado a un pueblo de Teruel. Empezó atendiendo la consulta de un familiar médico, sin percibir salario, a cambio simplemente de casa y comida y después fue contratado para atender tres pueblos: Alfambra, Perales y Peralejos. Su estancia coincidió con la batalla del Ebro y los nacionales le requirieron para prestar su servicio a los heridos de guerra: “Concluida la batalla, había tantos cadáveres de rojos que tapaban el ojo del puente. Las autoridades no dejaban que los enterrasen y mi padre tuvo que imponerse a ellos, alegando que o les sepultaban o provocaban una epidemia. Al final hicieron una zanja y arrojaron allí todos los cadáveres”
Estando en Teruel, Moreira enfermó (señal del destino, tenía el corazón demasiado grande, en todos los sentidos), y le permitieron regresar a Vilagarcía donde fallecería el 15 de marzo de 1944. Por aquel entonces, su mujer ya padecía una metástasis del cáncer de mama que le costó la vida.
De lo duro que fue ser huérfana de rojo en postguerra sabe mucho Maruxa Moreira. Primero, el colegio de médicos no le informó de que las oposiciones a la Seguridad Social primaban a los hijos de los facultativos. Y cuando, tras enterarse por un familiar, quedó de primera en la oposición, estuvo a punto de perder su trabajo por no cantar el cara al sol: “Yo era la secretaria del jefe provincial de servicios sanitarios- explica-. Teníamos jornada intensiva y nuestras oficinas estaban enfrente del cuartel de soldados La Molinera. Cada día, a las ocho de la mañana, formaban al son de la corneta y tenías que pararte y levantar el brazo. Pero resulta que yo un día llegaba tarde y para poder firmar a mi hora, porque sino no cobraba, me metí por detrás. Una compañera falangista me denunció por no cantar y el delegado me dijo que o traía un certificado de adhesión al régimen o perdía mi plaza”.
Acudió a solicitarlo a casa del alcalde Lago, que la echó con cajas destempladas: “Me dijo que ¡cómo iba él a darle un certificado de adhesión a la hija de Moreira! Luego supe que mi padre le había denunciado por ejercer la medicina sin título”.
Acudió llorosa a la confitería Beiras, cuyos dueños habían sido amigos de sus padres y éstos le dijeron que fuese a hablar con el comandante militar de la Guardia Civil cuya mujer, la carnicera Erundina Agra, había sido paciente de su padre: “Fui y me dijo: ¿cómo voy yo a negarle algo a la hija de Moreira, si le salvó la vida a mi mujer?”. Y así, aquella actuación de su padre le permitió conservar su empleo.
Una pelea con Elpidio y un entierro sonado
La comisión para la memoria de Vilagarcía asegura que ningún nombre logra tantas adhesiones como el de Moreira Casal:”Hay gente a la que le preguntas de qué partido era su familiar represaliado y él te dice que de ningún partido que era afín a Don José Moreira”, explican.

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